¿Se justifica el matoneo en redes sociales a Stefan Medina?

Stefan Medina puede llegar a ser el jugador mas nombrado de la selección Colombia en las redes sociales, gracias al matoneo que se creo entorno al jugador por su rápido llamado a la selección Colombia de mayores a pesar de su corta edad y el corto proceso con la selección que se jugaba su paso al Mundial de Brasil 2014, además por los errores que tuvo el jugador, así como le pudo pasar a cualquier otro, en partidos importantes del equipo Tricolor, la Revista Don Juan cuenta la historia del jugador…

Esta es la historia de un futbolista silencioso e introvertido que, juegue bien o juegue mal, siempre está en el ojo del huracán en tiempos de redes sociales.

“¡Stefan Medina, tronco hijueputa!”, grita inflando la caja torácica, mientras sonríe y se atraganta con un bocado de perro caliente, un hincha del Santa Fe, que está sentado a mi lado. Es posible que, desde los pocos metros que lo separan de la tribuna oriental, él no haya oído el aullido de perro rabioso que le acaban de lanzar. Sin embargo, está a punto de pisar el césped del estadio Nemesio Camacho El Campín y sabe que será chiflado, juegue bien o juegue mal, como si alrededor suyo se levantara un coliseo romano en el que los leones no andan sueltos en la arena, sino amarrados en las tribunas.

Nadie sabe si le temblarán las piernas cada vez que toque el balón esta noche o le “mienten” la madre las 25.000 voces que se revuelven en las graderías. Así pasó en Barranquilla cuando jugó contra Junior en el Metropolitano. Stefan Medina rechazaba un balón y recibía una silbatina, daba un cabezazo para adelante y silbatina, hacía un buen pase y silbatina. Y así ocurrió también dos semanas atrás en Manizales. Jugaban Once Caldas y Nacional. De aquella abucheada se acuerda bien Santiago Escobar, técnico del equipo de Manizales. Desde la pista atlética y cada vez que el estadio tronaba, Escobar hacía fuerza y se rascaba la cabeza, en un gesto de intranquilidad, porque conoció a Stefan desde que era un niño en las inferiores del Nacional. Y no solo lo conoció, sino que le dio la oportunidad de que jugara su primer partido como profesional, en un juego contra Quindío, en Armenia, el 12 de diciembre de 2010. Stefan tenía 18 años. “El Sachi”, pese a estar desde la orilla del equipo contrario, no podía abstraer de su pensamiento la silbatina. En sus catorce años como jugador profesional nunca recibió un desafuero tan monumental.

—La gente se ensañó con Stefan. Como jugador nunca lo viví, pero como técnico sí. Hace un par de meses en Manizales me gritaban en cada partido y a todo pulmón, “se va, se va, se va, se va, cuándo se va”. No es fácil regresar a la casa y dejar de pensar en esas cosas que pasan en el estadio —dice.

Cualquiera que nunca hubiese visto un partido de fútbol en su vida creería que Stefan ha cometido un crimen que los “tifosos”, como llama Juan Villoro a los fanáticos que se desahogan en las tribunas, no le perdonan. Y no se lo perdonan desde que participó en dos partidos de la selección Colombia de mayores, en las eliminatorias al Mundial de Brasil.

El sábado 18 de mayo de 2013, la sala de la casa de los papás de Stefan tenía la atmósfera de un funeral. El día anterior, a las seis de la tarde, había muerto Rufo, un bulldog inglés que había estado con la familia desde hacía más de cuatro años. Stefan llegó del entrenamiento del Nacional, después del medio día, con la noticia de que había recibido una llamada de una secretaria de la Federación Colombiana de Fútbol, que segundos después le pasó al profesor José Pékerman. El perro de la familia estaba muerto y Stefan recibía la noticia que todo niño que entrena fútbol en este país quiere escuchar algún día en su vida. Había comenzado a jugar a los seis años en la escuela La Gran Colombia, en el barrio Belén de Medellín. Allá estuvo hasta los nueve. Pero un día, John Kennedy Medina, el papá, decidió sacarlo por las goleadas insultantes que les atizaban los contrarios cada ocho días.

En un torneo que La Gran Colombia disputó en el municipio de Sabaneta, los partidos terminaban 15-0, 8-0, 12-0 o 10-0 en contra. Y John Kennedy no soportó la humillación que significaba ver a su hijo salir de la cancha sumido en el silencio que produce la impotencia. El niño quería ganar. A los días, Édgar Bustamante, el técnico de La Gran Colombia, fue a la casa de Stefan a reclamarle el uniforme. Pero antes de irse con la camiseta en la mano, Édgar se devolvió de la puerta y le dijo:

—Lástima que se lleve a Stefan. Era el único niño que se tomaba en serio los partidos. Se acordará de mí que algún día va a llegar a ser profesional.

Con la noticia de Pékerman, las palabras de Bustamante se quedaban cortas. Y con la muerte de Rufo, en la casa no sabían si cele brar o seguir entregados al duelo. Stefan había sido convocado para unirse al equipo que enfrentaría a Uruguay el 10 de septiembre del año 2013, en el frío de Montevideo. Y ahí comenzó esta historia.

El equipo, pese a la solvencia que comportaba estar de segundo en la tabla y de faltarle un solo punto para clasificar al mundial, recibía por la espalda todo el peso de la ansiedad de los hinchas. Una ansiedad que se había avinagrado durante 16 años. En la rueda de prensa antes del partido, Pékerman no quiso revelar sus cartas. Sin embargo, se sabía de antemano que Pablo Armero, “Miñía”, el morocho del Napoli de Italia, no jugaría por suspensión. El partido comenzó y Stefan salió a la cancha del estadio Centenario como titular.

La historia completa la encuentras en la Revista Don Juan