Santa Fe en la semifinal de la Copa Conmebol 1996

Si a Alfred Hitchcock, el maestro del misterio, le hubieran pedido que imaginara una historia trágica, de dolor y sufrimiento, la mezquina mente no le hubiera alcanzado para tanto. Ese es un privilegio innato, exclusivo de los santafereños.


Se sabía que el plato estaba servido para que el corazón se pusiera en alerta roja. Se sabía que al equipo le iba a costar remontar el marcador adverso de 1-2 frente al Vasco da Gama para avanzar a la final de la Copa Conmebol, se sabía que se correrían riesgos de que la fiesta se echara a perder, se sabía que habría que agotar hasta la última gota de sudor y también la cutícula antes de poder celebrar. Pero, esta vez te pasaste, Santa Fe! Cuarenta y un minutos transcurrieron antes de que la garganta, carcomida por el óxido, raída por tanto tiempo sin entonar a tope ese himno que estremece las fibras como es el Dale rojo, dale! , pudiera gritar el ansiado canto de GOOOOOLLLL.

Roberth Villamizar, el león adoptado, importado desde Santander, con raza cardenal , se levantó como un gigante en medio de todos esos grandotes brasileños y, con la maestría de un Uwe Seller, la cabeceó hacia el poste derecho del arco de Caetano, donde solo habitaba la soledad.

El corazón del santafereño, ingenuo como un niño, soñó con una victoria fácil y amplia, directa, que evitara la ruleta rusa de los tiros penaltis. Pero, qué equivocado estaba! La falta de experiencia de los jugadores, el desespero de querer y no poder, la marrullería del visitante y la complicidad exasperante del árbitro ecuatoriano Alfredo Rodas convirtieron el segundo período en un anticipo del infierno.

Incluso hubo sustos, conjurados por el aliento de cada huyyyyy! que bajaba de la tribuna, instantes eternos en que el corazón se paralizaba.

Entonces, no hubo más remedio que aceptar el postre, muy al estilo santafereño: sufrimiento desde el punto blanco.

Rafael Dudamel, agigantado por el coro que estremecía los cimientos de El Campín, sembró la semilla de la hazaña. Pero, en el epílogo de la tanda, al especialista, al maestro, al papá dentro de la cancha, Francisco Wittinghan, le fallaron los nervios y envió un disparo soso, que Caetano detuvo.

Hubo un intermedio inesperado, que no se le hubiera ocurrido al genial Hitchcock: luego de que Dudamel desvió el disparo de Edmundo, como si fuera un presagio, un corto circuito dejó sin luz el estadio. Unos 20 minutos en medio de la oscuridad, pero calentados por el incesante Rojo, rojo, rojo , el Dale rojo, dale , el Se murió Vasco, se murió y el Santa Fe, Santa Fe, Santa Fe! sirvieron para reposar el alma y para recargar el entusiasmo de los jugadores.

Y hubo que cambiar el decorado del drama, del arco norte donde se empezó al sur.
Hasta que se llegó al ping pong de la suerte , luego de que la tanda natural, de cinco ejecuciones, terminó 4-4.

Alex anotó, Oscar Upegui anotó, Dudamel se lo tapó en atajada histórica a Joao Luiz y Nelson Flórez firmó el pasaporte a la final de la Conmebol.

Gracias, Santa Fe!, por el triunfo, por el sufrimiento, por la clasificación, por la resurrección, por el libreto incomparable. Pero, esta vez te pasaste!…

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Fuente: El Tiempo | Nota publicada el 14 de noviembre de 1996, un día después del partido.